Almaqueloide: 20 años de cicatrización (Escrito por Enrique Maclean)

Almaqueloide XX Aniversario

Almaqueloide XX Aniversario

El 27 de julio, el Grillo Villegas empezó la gira del XX aniversario del Almaqueloide. Ahí estábamos con Marcelo Navía, el ingeniero que lo remasterizó para una edición limitada y Miguel Callaú. Mi amistad con Marcelo y Miguel empezó el mismo año del Almaqueloide, por tanto el concierto tenía una fuerte carga de nostalgia. Fue especialmente surreal comprar la reedición del Almaqueloide porque Marcelo fue el ingeniero confiado para su remasterización. Veinte años antes estábamos reuniendo mesadas para ir a comprar el disco original en las ya extintas disqueras del centro de La Paz. Ese CD es uno de mis más preciados ejemplares de mi modesta colección de rock nacional.

En el lanzamiento de la gira aniversario el Grillo tocó con dos integrantes de la vieja guardia: Dani Subirana (batería) y el Peque Gutierrez (bajo). A su derecha habían tres “millenials” cuyos nombres me eluden, pero con seguridad chicos que nacieron alrededor de 1998, año que compré y estrené mi Almaqueloide. El ambiente, la imagen, todo (excepto el sonido) estaba perfecto. Aún así todo era impropio a lo que yo tenía en mi recuerdo. Tal vez lo único que “sobrevivió”, además de lo escrito en el pentagrama fue la polera negra del Grillo. Pero esa era la idea, en palabras del artista: visitar el pasado, no recrearlo.

Grillo Villegas

Grillo Villegas

El Almaqueloide nos llegó a los casi cuarentones paceños en los estrechos ambientes del Equinoccio (el actual y el de la Belisario Salinas), la Ronería (donde ahora hay un MiFarma en Calacoto), Rock-House (donde ahora hay un edificio), el Teatro al Aire Libre (donde ahora hay un teleférico), LaPazStock (donde ahora se juega futbol), Festival de la Chela (donde ya no hay mas festivales), etc.

En esos años descubrí al Grillo sin saber ni hacer conciencia que él era parte de Lou-Kass. Nunca fui un nostálgico de Lou-Kass. No conocí los años del Socavón, conocía los temas por la radio, pero el proyecto de Llegas era tan diferente que nunca hice la conexión de que ambos proyectos venían de la misma guitarra. “Llegué” a Llegas después del Huye el Sol. El Almaqueloide fue mi puerta e ingreso. Octavia / Llegas era la cartelera de los boliches de calidad. “Aura”, “Ciclos”, “Huye el Sol” y “Almaqueloide” eran el soundtrack indispensable de los que estábamos transitando de la pubertad alienada de Forum a la madurez de la música en vivo de Sopocachi, mucho antes del desastre de los tributos.

El Grillo de entonces era más rudo, más oscuro, menos accesible. Mandaba al carajo a cualquiera que pidiera una canción de Lou-Kass, se peleaba con sus músicos, con el sonidista. Era un Axl Rose boliviano más místico y más sofisticado, indiferente a las antipatías que causaba porque tenía su propio público que ahora, 20 años después, llena teatros. En contraste la música de Llegas era mucho más completa y profunda que la que sonaba en el medio (incluyendo artistas internacionales que sonaban en la radio).

Para los que estábamos empezando a aprender a tocar guitarra eléctrica, ver tocar al Grillo fue y es un deleite, como lo es también escuchar sus discos. Las melodías y solos del “queloide”, con su incesante wah y la firme batería del Rodo Ortiz en el fondo, obligan a sacar la guitarra de aire en cada concierto. El permanente diálogo con la voz femenina, marca registrada de Llegas, es una fórmula que, con seguridad influyó muchos proyectos de rock nacional con voz o corista femenina (Atajo, Dr. Jet, y varios otros). La voz melodiosa de Esther Valhuis en los versos de “Deberías” es simplemente magistral. El Almaqueloide es un disco instrumentalmente minimalista donde la armonía, riffs y arreglos de la guitarra eléctrica destaca con egolatría. Las canciones del “queloide” adquieren fuerza extra en vivo. Escucharlas todas el 27 fue un viaje.

Llegas

Llegas

Lo que más se quedó conmigo del Almaqueloide fueron las letras. Mi favorita es y será la de  Arlequín.

Cada día nuestra vida cuelga de un pelo o una hilacha.

Me sigue conmoviendo veinte años después. Diamante era la canción mimada de Stereo 97 por esos años, las fans femeninas siempre la cantan a todo pulmón. Títeres fue durante mucho tiempo la canción con la que se abrían los conciertos, por alguna razón suena como la hermana mayor de Momentos, ambas  para mí las maestras de ceremonias del Almaqueloide. Giras y su tarareo pegajoso siguen presentes. “Rocas”, la más rockera y la que más disfruto cantar. Azul, una potente rocanrolera que se escuchaba poco en vivo, como el mismo Grillo admitió. Aún, el descanso en la seguidilla de canciones de tempo alto, en la cual destaca el bajo funkero. Al menos una canción del Grillo obligaba al estudio de diccionario. Monocordio fue ese tema para mí, y ahora que lo escucho…, no puedo evitar asociar su “upbeat” con los ritmos pegajosos de Lou-Kass. Otras canciones de este club, pero en otros discos serían Viaje a los Yungas, No viene nadie, ….la grandeza del Grillo está que no deja que su profundidad le arrebate su capacidad de jugar y divertirse.

El Almaqueloide formalizó la tendencia del Grillo a usar una sola palabra para bautizar sus canciones. Pero él no es, ni nunca fue corto de palabras. Entre tema y tema, el Grillo conversó con el público, nos mostró a su célebre gato Hermeto, bromeó con su público, su música, sus recuerdos, confesó sus predilecciones, visitó el pasado con el alma, el rostro y la voz renovados. Hace veinte años el tocaba con una Strato negra y una bellísima Telecaster. El pasado 27 tocó con dos “teles”, no cambia la esencia, sólo los colores. El teclado, ausente, hasta que llegó el Pesanervios, un disco técnicamente muy superior al Almaqueloide, pero que jamás podrá aspirar al mismo sitial en cuanto a significancia, por lo menos para los fans. 

Este segundo álbum llegó en el alba del internet. El Grillo fue uno de los primeros artistas en tener una página web y un e-mail, de esos que te daba Entel, con un servidor bautizado con algún tipo de madera (caoba, mara, ceibo). Estuvimos ahí cuando el Grillo grabó Espejismos en el Teatro Municipal de La Paz, disco acústico en el cual aparecieron varios temas del Almaqueloide. Ese disco demostró que lo que mejor hace el Grillo es reinventarse a sí mismo. Debería, Epílogo, Arlequín, las mejores piezas del disco en vivo (sin excluir a la homónima Espejismos, para mí, la canción tardía del Almaqueloide). Todas estas piezas interpretadas en una cadencia y tempo melancólicos con guitarras acústicas de 6 y 12 cuerdas, en un escenario místico para cualquier paceño y en el cual yo también tuve el privilegio de tocar.

El mismo año 1998 me llevé mi Almaqueloide a un largo viaje, lejos de mi país y junto con el Aura, con discman y walkman en mano (sí, todavía se usaban cassettes) hice ancla para no perderme. Era un adolescente, en pleno proceso de desestabilización. El Almaqueloide es un disco que me desarma como un Lego. Es un escape a la rigidez y la inmovilidad, un filtro para hacer del sufrimiento un combustible de supervivencia. Con él he enlazado las amistades más valiosas de mi vida, he untado sus notas sobre mi pecho roto, sobre los años de mis primeros errores adultos. He aprendido a bucear sin aire a aguas más tranquilas, más profundas pero más oscuras también. Es un disco que entiendo y que me entiende. Vuelvo a él cada vez que sobra aire. No me canso de escucharlo, una cicatriz a la vez sobre el alma, un alma queloide, buscando más protección de la que necesita. Gracias, Grillo.

Escrito por Enrique Maclean

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