Después de incontables interrupciones, al fin pude terminar de editar mi exhaustivo video sobre el nuevo disco de Deep Purple. Splat! salió hace un par de meses y fue publicitado como el disco más pesado de la banda desde el Machine Head. Aunque no suena tan diferente de los discos anteriores, tiene algo que recuerda a los días clásicos: esa influencia blues en la guitarra. Cada vez que Deep Purple cambia de integrantes, regresa cierta vitalidad perdida. Cuando Don Airey se unió a la banda, inauguró un periodo altamente creativo. Ahora, con Simon McBride, ya van dos discos interesantes que, de cierta forma, han reconectado a los fans con la banda. Steve Morse les dio libertad y restableció cierta camaradería, lo que impulsó a sus integrantes a compartir ideas; por ello, las canciones que van saliendo son un esfuerzo grupal. Gillan llega al final y construye sus armonías vocales; en algunos casos, sugiere arreglos, pero su función es construir historias. Durante estos años —treinta desde la salida del Purpendicular—, Gillan ha compensado sus limitaciones vocales con letras ingeniosas que desbordan humor y picardía y que muestran una interesante reflexión sobre el paso de los años, la banda, las relaciones conflictivas y la humanidad en todo su esplendor.
El Now What?! sorprendió en su momento porque la banda sonaba bien y una temática central cohesionaba el disco: la ausencia, el fantasma de Jon Lord, el peso de la pérdida y el tiempo que sigue su curso. El Infinite ya planteaba una idea que se tornaría recurrente: un final que se transmuta en un nuevo comienzo. En ese momento, la banda estaba considerando seriamente cerrar un ciclo, dejar las giras y apagarse lentamente. La pandemia lo cambió todo: tanto tiempo fuera de las carreteras supuso una etapa de reflexión e impuso una certeza: no pueden parar porque ese es el mundo que conocen, es lo que son y seguirán hasta que físicamente no puedan más. El Whoosh! sale en plena pandemia y es una interesante reflexión casi ecológica sobre el legado de la humanidad: con los siglos, no quedará rastro de ese primate arrogante que dejó los árboles para construir ciudades. El tiempo es inclemente, avanza y, con él, llega un momento de ocaso: la vejez, la evidencia de que el camino está a punto de terminar. Puede ser hoy, mañana, en un año o dos; nadie lo sabe, no podemos saberlo, pero es inexorable. Para la banda quedó muy claro: tienen que aprovechar el tiempo que les queda para hacer música. Morse quería bajar el ritmo y dejar las giras, y esa fue una de las causas de su partida.
El =1 abrió nuevas posibilidades, despertó un renovado interés y todos, complacidos, aplaudieron el disco, que también tenía una temática central: la simplicidad. En un mundo tan complicado, la respuesta casi lógica es refugiarse en algo más sencillo y, en cierta forma, fue un regreso a una estructura más rockera, más clásica. Cada paso que damos nos acerca más al final. Volvemos al ritmo que marcó a la banda en sus años de gloria: disco, gira, disco. Y el Splat! mantiene ese sonido un tanto rejuvenecido que tiene ecos de esa otra banda que se formó en un lejano 1968. Desde entonces, todo ha cambiado. El tiempo se agota, pero ese final es una transformación: es la oportunidad que tenemos de trascender, dejar nuestro envoltorio de carne y convertirnos en algo más. Aquí vamos otra vez: un disco, una reseña, mi vida que transcurre y se escurre en canciones. Al mirar atrás, me siento bien conmigo mismo, me siento colmado y feliz. Aunque el video salió un poco largo y a ratos me voy por las ramas, refleja mi más sincera fascinación por esta banda.

























